28.5.10

Eso que no-sé-qué-es

A veces me bastaba con sólo imaginarlo. De repente mi respiración se volvía entrecortada, la emoción contenida me hacía querer aferrar mi corazón a algún lugar del cual no pueda salir corriendo. Siento que me sale del pecho. Conmovido, agitado, simple. Quisiera yo entender cómo evocas algo tan extraño en una persona tan simple. Me desvanezco, así como todo, así como todo, y después de eso, paz. Evado la verdad diciendo que mis párpados al fin se cansaron, siendo que pretendo disfrutar un poco más de tu atrevida imagen con los ojos cerrados y que, aunque egoísta, sé que es sólo mía. Algo que no-sé-qué-es, pero me pertenece. Escucho tu canción-de-todos-los-días con alegría, sin disfraces. De nuevo mi pecho es nada, no es suficiente para mantener mi corazón adentro, impedir que mi alma se esfume una vez más. Es como si me fuera, como si tú y la melodía y yo y el viento fuésemos uno. Ya no sé como actuar. Me flaquean las piernas, se me encogen los pulmones, mi cuerpo se hace pequeño como para contener tanta emoción. Los acordes siguen, otro ritmo, otro modo para sentir esto que es siempre tan jodidamente insoportable e irreal. Tan presente que me produce escalofríos, tan dueño de mi mirada que ya no estoy segura de qué es mío, qué es tuyo y qué no es de nadie. Tan nada como esas hojas resecas que vuelan sin destino al compás del viento que sopla, sopla fuerte, tanto que me atraviesa, como si simplemente me desvaneciera. Y siento que mi cuerpo es demasiado pequeño para tanta emoción, de nuevo. La sangre corre por mis venas en busca de algo más, creo, igual que yo. Siento que corro, que en vez de caminar corro hasta flotar por las corrientes de aire que agitan mi cabello y por fin me hacen llegar a tus brazos, cálidos, y junto a tus labios helados quedarme dormida y soñar por siempre en eso que no-sé-qué-es, pero me pertenece. Grito de impotencia, de colores errantes que en un rómpete-la-cabeza encuentran cómo mezclarse y ser una sola luz. Grito de alegría, porque eso que siento no me lleva a ninguna parte y suspiro algo que sé, te pertenece. No sé lo que es, no me entiendas. Yo cumplo con decirte que es demasiada la emoción para un cuerpo tan pequeño como el mío, cumplo con decirte que no sé cómo decirlo, cumplo con comprender que el invierno no es lo mismo si no estás tú con las manos extendidas al cielo evocando mi sonrisa mientras yo hago lo mismo, que el invierno no es invierno si el tiempo no es el mismo para mí y para ti, y que no somos uno, si no que somos la misma melodía eterna de silencios interminables. Yo cumplo con contarte, que esta canción es tuya. Sé que la reconoces, lo siento. Como eso que no-sé-qué-es, pero me pertenece. Que siempre te perteneció.
Como eso que no-sé-qué-es.


Quinn

24.5.10

Hola, (soy Mike) a ésa chica le gusta mi bufanda-

La muchacha escribía sin pasión alguna. De vez en cuando sonreía, para luego morderse suavemente la parte inferior de su labio y en un abrir y cerrar de ojos volvía a arquear sus cejas al compás arrítmico del golpe de las teclas del teclado. Sin duda, escribía sobre mi bufanda a rayas. Gris oscuro sobrepuesto en gris claro, o al revés, da igual.

Yo sabía que yo le gustaba.

¿Cómo no, si yo escribía sobre ella y mi bufanda escribía sobre la bufanda y la chica sobre la chica y yo sobre y ella sobre ella y yo de ella, sin pasión alguna?

8.5.10

Le gusta mucha azúcar en su café-

Como que ese no era el mejor momento para entender nada de lo que le pedía. Pero allí estaba el mendigo, como si nada, exigiéndole sus zapatos.
- Señor mendigo.-intentó serenarse- No tengo nada en contra suya, lo juro. Pero son mis Converse de Metallica... y no se las puedo regalar. Tienen un significado muy importante para mí. Como su loro, ¿ve? estoy segura que aunque le ofreciera una casa usted no regalaría a su loro...

Era un argumento estúpido. Pero real, de todas formas. El mendigo jamás se separaba de su viejo loro, siempre acurrucado en la separación entre su agujerada bufanda y el desgastadísimo abrigo color café. Ni siquiera era un loro lindo: no tenía colores llamativos como el verde, amarillo y azul propios de la especie. Más bien, tenía "facciones" de Loro, y sólo si se detenía a observar su plumaje daba la sensación de alguna vez haber sido de color blanco.
Pero ahora era nada. Más que un color, más que gris; tan solo era un pájaro sucio acompañado por un sucio mendigo.
-Señorita, no sea ingenua. ¿Importante dice, este loro? Quizá, porque no tengo otra compañía. Pero siempre quedan las ratas, que hablan más y están más dispuestas a compartir su triste existencia con este tonto y pobre viejo, por lo que no me aflige reconocer que cambiaría a este pajarraco por un café bien caliente. ¿Tiene usted café caliente? Se me antoja uno. Sí, hace mucho tiempo que no me regalan un café.
Parecía que aquel hombre deseaba mantener una conversación con Quinn, pero no podía. Se limitaba a mirarla de vez en cuando, como percatándose de la presencia de un ser ajeno a la conversación que aparentemente estaba llevando consigo mismo. No parecía loco, no; más bien era el exceso de soledad que se hacía notar con el paso de los años en una conversación no tan trivial como aquella.
- Yo también tengo ganas de un café.- reflexionó ella en voz alta. Ésa sería su buena acción del día- así que vamos. ¿Sabor vainilla, manjar, chocolate? ¿O clásico?
Por toda respuesta vio un brillo de felicidad fugaz en la mirada del mendigo y una sonrisa que se agrandaba poco a poco, moviendo sus sucias mejillas hasta casi taparle sus verdes y pequeños ojos.
Con dificultad, ya que acostumbraba tan solo a inclinarse para sentarse y después para dormir en el mismo lugar, el hombre se puso de pie.
Quinn se lo había imaginado más alto.
El mendigo se apoyó en su hombro, ya que no le resultaba fácil caminar. Le tiritaban débilmente las piernas, pero no se detuvo. Parecía que con cada paso que daban hacia la cafetería el hombre se volvía cada vez más fuerte, más feliz. Tan extraño era el cambio de actitud en su semblante que, al llegar a su destino, el mendigo era otra persona. Más joven y de mirada aún más sincera.
Se sentaron en la mesa más cercana a la ventana o, mejor dicho, Quinn se sentó y el mendigo se dejó caer en una de las sillas. La clientela del "Sophie'sCafeNosGusta" los miraba con curiosidad, algunos incluso con miedo. Era obvio que los mendigos no frecuentaban aquel lugar.
Pero el hombre no se dio cuenta, por lo que se acomodaba ruidosamente en la mesa para luego hablar con Quinn.
- ¿Cuál es su nombre, señorita?
Quinn se lo pensó un rato. Aunque ya no era una niña, se tomaba muy enserio eso de no hablar con extraños. Pero, hasta donde sabía, ya hacía mal en invitar al hombre a tomarse un café, por lo que dar su nombre sería lo que le traería menos problemas.
- Me llamo Quinn.
- Yo soy Igor. Oh, rayos, realmente suena extraño. Hace mucho que no escuchaba mi nombre.
-Igor.
-Igor, sí. Es de ésos nombres que ya no existen, ¿no? Por lo menos no en esta cuadra.
- Si es por eso, Quinn tampoco es muy popular. De hecho, creo que no existe. Mi mamá era una fanática, leía mucho a Auster y, bueno. Nací.
-¿Y quién es ese tal Auster?
-Mmm, si lo preguntas así, nadie especial.
-Ah, comprendo ¿y tu madre le sigue leyendo?
-Mi madre ya no está.
-Oh.
Hubo un silencio incómodo. Quinn entendió.
-No, no es que se haya muerto... tan sólo está de viaje.
-Eso está mucho mejor - respondió el mendigo, aliviado.
-Sí - Quinn soltó una risa ligera.
Se miraron un momento, y el hombre levantó su mano en señal para que viniera el mozo. Un joven de la edad que Quinn, con muchas espinillas en su rostro y expresión cohibida, fue hacia ellos con una libretilla en la mano, vestido con un traje que parecía haberle pertenecido a alguien más antes. A alguien más robusto y alto, porque el pantalón le sentaba realmente grande, al igual que la camisa.
-Buenos días joven, ¿qué desea? -le preguntó a Quinn, quien se sintió algo apenada. No le agradó que ignorase a Igor, si había sido él quien debía hacer el pedido, y tampoco le gustó que el mesero la tratase con tantas distancias, si tenían la misma edad.
-Buenas. Yo quiero… un café mocaccino caliente y unas galletas de chocolate, por favor.
Luego miró a Igor en señal de que dijera su pedido.
-Ah, verdad, me toca - se rió. - Quiero un café bien cargado, chico. Muy, pero muy cargado, y con harta azúcar. No, no, no, mejor, ¿me harías un favor? Tráeme un pote lleno de azúcar. De ahí yo veo cuánto le hecho.
- Bien. Un mocaccino, galletas y un café bien cargado con mucha azúcar- el muchacho sonrió al citar las palabras del mendigo- ¿está bien así?
-Y el pote con azúcar, chico. Que no se te olvide el pote con azúcar. -le recordó Igor, quien parecía siempre repetir todo lo que pronunciaba.
El mesero asintió y se dirigió a la mesa de la cafetería, riendo por lo bajo.
Cuando ya había desaparecido tras las puertas de la cocina del local, Quinn miró a Igor, debutativa.
-Aquel tipo parecía de mi edad, ¿puede estar trabajando en un local?
-Hmm, no estoy seguro -se rascó la barbilla como acto inconsciente.- pero al diablo, ¡si será él quien me traiga el café! -dijo, riendo nuevamente.- mi primer café en años, Quinn.
-Lo sé, lo sé, sólo preguntaba. Pero –miró hacia la cocina, pensativa.- quizás ni siquiera es legal…
-Si tanto te preocupa, invítalo a un café.
-¿Está loco? No lo conozco.
-No, no estoy loco, y no, no lo conoces. Pero yo lo quiero invitar. Siempre lo veo desde mi lugar en la calle sirviendo el café, así que el chico no me es un desconocido.
-Pero, ¿por qué...?
-Ah muchacha, ¿acaso no lo entiendes? –Igor sonrió, triunfante- ¡Servirá mi primer café! ¡Mi primer café en años! ¿No es esa razón suficiente?

Quinn no pudo evitar sonreír también. Para qué mentir; le agradaba aquel mendigo.


______________

La idea es seguir con la historia (:

Me gusta. Sé que parece autoreferente (o referente a otro libro, el inicio muajajajj) pero, no puedo dejar de aclarar que el personaje se llama Quinn porque nació así, ¿entienden? No soy yo. Y lo de las converse de Metallica (son las de la foto, en mis pies), tenía ganas de que uno de mis personajes las usara, así que se las presté (:
Ah, por cierto. Quien quiera prestarle/regalarle ropa al mendigo, por favor que lo haga. Traten de no darle ropa de mujer, eso sí (:
Se los agradecería.
Saluuudos (:

7.5.10

¿Fotos?

"Y la verdad es que no encontré fotos de mí que de mí digieran todo lo que siento, soy. No sé si a eso se le llame cambiar, tan solo es nuevo dentro de lo mismo. Si no es así, déjenme inmune en mi ignorancia, ser feliz sin saber nada de mí. Así las fotos serían más nítidas, más superficiales: menos que interpretar y por lo tanto mayor el error. Sigo expectante de saber que en realidad todo es cierto, que soy como siempre he querido ser. Pretendo tener una mirada ciega, llena de juicios vendados y anestesiados con los miedos que abarcan mi mente, aquellas pesadillas que meriendan en mi cabeza planeando cómo acabarme. No, no, no, no lo logran. Porque no oigo, porque no siento, porque no temo más de lo que se suele temer. Quiero un alma, un alma poeta y siempre errar en mi descripción mía, correr hasta lo alto de un arco iris y ojalá que no me encuentren, jamás, que me resbale o... que de una vez por todas, caiga. Quisiera fotos de mí con labios gruesos, de palabras comunes, ojalá sin pensamiento y más bien, es el sentir. Pero, apenas tengo fotografías. Unas de pequeña, y otras de grande empequeñeciéndome con el tiempo y la circunstancia. Nunca terminaré de inventarme fotos; sé que temo demasiado a tener fotos que no sean yo. Y miro, me observo. Suponiendo que soy yo a quien veo, no quien pretendo ver, sigo sin creer que es lo mismo. Que no soy la misma de antes.
Claro, un problema menos.

¿Y entonces? "



-Memorias de un loco ciego-.

6.5.10

-Vendo un soplo de hojas secas y un poco de sol de otoño. Vendo un soplo…

Fred la escuchaba con atención. Hacía mucho tiempo que no veía a aquella mujer tan bajita, robusta y de mejillas rosadas vendiendo cosas extrañas en la calle principal de su colegio, como hace tiempo solía ser. Recordaba haber caminado ansioso, todas las tardes, para escuchar cuál sería el disparate que se suponía le comprarían a aquella humilde señora; siempre era motivo de las risas de los transeúntes, y realmente, a él también le causaba mucha gracia.
Todas las tardes, todos los días.
Solía sentarse a tomar un café mocaccino en un negocio cercano a su pequeño puesto, básicamente compuesto de una alfombra desgastada en el piso y un montón de cachivaches dispuestos en ella, y a escucharla con atención. Siempre traía cosas nuevas para vender, pero también siempre mantenía las que no había vendido el día anterior. Y, como ese era siempre el caso, la alfombra estaba cada tarde más abarrotada de objetos extraños y frasquitos de etiqueta que parecían estar vacíos. Dentro de sus recuerdos, las cosas que más le habían gustado del repertorio de aquella bajita anciana habían sido cosas simples como una gota de lluvia (garantizaba que era de la más pura, nada de fraudes con lluvia ácida), un trozo pequeño de tela escocesa, que había sido parte de la vestimenta del perro fallecido de la mujer, y una suela de zapato que, según su historia relatada... le pertenecía a la malvada madrastra de la cenicienta.
Fred nunca se cuestionó de qué vivía. Tan sólo le gustaba observar y reírse de vez en cuando sobre las cosas que vendía. En algunas ocasiones le daban ganas de creer que, en realidad, la intención de la mujer nunca había sido vender nada, si no mostrarle al mundo las historias y las anécdotas que le habían sucedido a lo largo de su vida. O, simplemente, que aquella mujer creía que la gente normal que camina por la Avenida Primera Transversal realmente se interesaba en los objetos que ella escogía, tan sólo bajo el criterio de cuánto valor tenían para ella. Estaba seguro de que, si él hubiera tenido que vender algo, lo más probable es que hubieran sido chicles de menta por mayor, y quizás se hubiera ganado una suma de dinero decente. Pero, dentro de las cosas que él mismo compraría, estarían la varita mágica auténtica de Harry Potter y por supuesto, la carta de amor que le había escrito Miriam hace unas semanas y que se le había mojado con el café de la mañana, en una de las tantas releídas que hacía de ella. Pero tenía claro que nadie podría devolverle aquellas cosas, y que tampoco las podría comprar. Quizás aquella mujer había tenido un sentimiento similar al suyo, y había intentado mitigar (en parte) el dolor materialista que se aloja cada día más barato en lo más profundo del alma humana.
Por lo tanto, cada vez valoraba más la labor de la anciana. Sin saber bien qué y por qué lo hacía; tan solo lo hacía. Y cada vez lamentaba más que nadie se fijara en ella, aunque fuese un breve momento, para echarle una mirada o simplemente dejarle unas monedas, algo raro que vender. Nadie parecía fijarse en ella, ni en cómo sudaba al gritar su mercancía ni en cómo, todas las noches, se retiraba de su puesto con el cansancio dueño de su rostro. Sin embargo, él siempre la tuvo presente. Todas las tardes, todos los días.

Y, de un momento a otro, la anciana dejó de existir.

Ciertamente le había tomado por sorpresa. Aquella mujer parecía una escultura inmóvil y simbólica del panorama que se vivía en la Avenida, era parte de él. Nunca se habría logrado imaginar aquella calle sin ella, si no hubiese sido porque efectivamente se fue. Era extraña su ausencia, su falta, los ya no existentes cachivaches. Fred se dio cuenta, en el caminar de todas las tardes de regreso de su colegio, que le hubiese gustado comprar alguna de sus cosas favoritas del puesto. Nunca creyó que faltarían, que en algún momento de su vida dejarían de estar en la Avenida para alegrarle el día, y ahora que aquella era la situación no hacía más que reprochárselo a si mismo.
Pero, como toda alma volátil adolescente, con el paso del tiempo Fred la olvidó.

Hasta que, en una tarde de Abril, aquella anciana volvía a la Avenida Primera Transversal, ofreciendo "un soplo de hojas secas y un poco de sol de otoño".
No se lo pensó dos veces. Lentamente se dirigió hacia la mujer, asimilando en cada paso cómo decirle que había extrañado sus cachivaches, y mucho. Y su olor a gato, su voz ronca gritando los nombres de las cosas que vendía, sus ropas estrafalarias, y el rubor de sus mejillas surcadas por profundas, profundas arrugas. Decirle que había notado que ahora, después de tres años, tenía más canas, pero su mirada era levemente más alegre. Se preguntó por primera vez cual sería su nombre, y si todavía tendría las suelas del zapato de la malvada madrastra de la cenicienta.
La mujer no se dio cuenta de su presencia. Tras esperar a su reconocimiento unos instantes, Fred le tomó por el hombro suavemente para que así advirtiera su presencia, pero ella se asustó. Al parecer, entre tener catorce a diez y siete años había diferencia. Fred había crecido, quizás demasiado, y ella no le reconocería. Pero debía recordarle, estaba seguro.
- Eh… bueno, la verdad es que yo... -se detuvo brevemente y respiró hondo en señal de resignación- me preguntaba si le puedo comprar un soplo de hojas secas y un poco de sol de otoño.
Se sintió estúpido al decir aquello, pero estaba seguro de que ella le entendería a lo que se refería. Rezaba por ello.
El rostro de la viejecilla adquirió una expresión indescifrable. Le miraba fijamente a los ojos, pero no respondió.
- Ah, y sí... a propósito, me llamo Fred. Fred Moore. No sé si se acuerda, pero hace tres años yo venía de esta escuela, y pues…
La señora giró su rostro para quedar de espaldas a Fred y anotar algo en la etiqueta del frasquito; se lo entregó.
El chico simplemente no supo cómo interpretar aquello. Ni una palabra de aliento, una instrucción, un acertijo, nada. Nada de lo baratamente misterioso que esperaba obtener como respuesta de la mujer, lo que le desconcertó un tanto. De todas formas, firmemente tomó el envase y le sonrió a la señora. Era pequeño, algo desgastado y luminoso, por lo que había asumido que aquel era el sol de otoño. Pero aún esperaba por las hojas secas, las que en una bolsa pequeña le entregó instantes después. Nuevamente, sin una palabra de aliento, un adiós, un acertijo, una moraleja, ni una palabra, la anciana simplemente retiró su intensa mirada de los ojos de Fred y siguió con lo suyo.
Él, en cambio, se sentía feliz. Esa vieja era extraña; le agradaba la gente así. Le agradaba el viento, el sol, las hojas secas. El otoño, lo fantástico, lo irreal. Lo feliz, lo triste, la humedad, los cielos grises y azules. La magia, la incertidumbre.
Lo más extraño fue que, a pesar de no entender la utilidad de aquello, sus nuevas adquisiciones le daban un tono más alegre a lo que les rodeaba. Y no sólo eso. Tenía la genial sensación de haberle alegrado el día a la anciana, quien, por cierto (no se me puede olvidar mencionar), no volvió a presentarse en la Avenida Primera Transversal.
En la que todos los días parecía ser otoño.