7.2.12

"me dejo arrastrar por la ira, por la ira de la circunstancia, por la ira a las eternas falsedades que reinan la felicidad de las mentes"

6 de febrero dos mil doce.

Encontré mi escritorio y mi lápiz de la inspiración, el cual (evidentemente), no es este. Son ya tantas las palabras que he escrito, que me siento un veterano, un sabio usador de significados, un viejo escritor quisquilloso. Tantas, tantas palabras, que ahora uno de mis sonidos favoritos es "la pluma rasgando el papel". Que el tiralíneas, como el maquillaje de un travesti, se convierte en un catalizador, una extensión de mis extremidades que, correctamente asimilado, puede cambiar el sentido de mi existencia, convertirme en un opuesto dramático de lo que soy. Me gira y me da vueltas, y ya es claro que no soy lo mismo, prescindiendo o poseyendo los raudales de tinta. Hay una luz hermosa, la que proviene del otro costado del atardecer. Me imagino este mismo lugar, a esta misma hora, en unos meses más, cuando sea invierno y todo haz luminoso haya sucedido a un colador de espesas, gruesas nubes grises. No puedo esperar por el paisaje perfecto, ni menos por un tiralíneas decente. Debo estar agradecida; comparando con el usual "nada" que tengo, tres tiralíneas y medio suena optimista. Sólo espero que el exceso de ocupación no mate mis palabras, no enceguezca mi filosofía de vivir, no contamine esta tan grandiosa soledad, entre armónicos disparatados y cantos de pájaros. Escucho gritos espartanos: probablemente sean mi padre y sus amigotes terminando su jornada de juegos (con la esperanza de bajar sus panzas). Pues la verdad, no creo ver esperanzas para el papá del Vicente, Pobre cervecero y gordo, gordo hombre.