22.6.12

I Had My Chance


La respiración del hombre se vuelve un resoplido del saxo.  Esa es, su voz, inmaculada, amarga. Agridulce. Me resisto a creer que no es una extensión de su cuerpo, a negar tal palpable conexión. La clave es su intención, la expresividad corporal de inclinarse para adelante y encajar el saxofón a sus pulmones. Barítono, suave, desgarrador, imperecedero. Es la voz de un pesimista, de un artista acabado, de un humano en rendición.
Luego Bones aparece en la escena. Esbelta y graciosa y de mirada tragicómica, los dientes algo chuecos: un suéter gordo y lleno de pelusas y una minifalda que contrasta con sus  sucias y blancas rodillas. El hombre del saxofón no notó que ingresaba al bar: sólo después de un rato la vio ahí, de pié frente al humilde escenario, con una mano en la cintura y la otra reposando sobre el marco de la puerta trasera. Era una invitación, él lo sabía. Tocó la última canción: se dijo a sí mismo que  esa sería su último día de soledad y noches de bar, que se decidiría a amar a aquella mujer el resto de su vida.  Llegaron unos cuantos aplausos, breves, efímeros: dejó el saxofón encima de la mesa de sonido y fue hacia ella. Suave y graciosa y con un guiño se retira por el umbral de la puerta hasta el baño. La siguió con determinación. Es ahí cuando veo a Bones acariciarle enloquecida a través de los espejos sucios: sus manos acercándose veloces al pantalón, luego, al bolsillo izquierdo y entonces se retiran victoriosas, billetera en mano. Luego, una patada en la entrepierna y se acaba el amor: Bones se retira por la puerta trasera con el premio, y el hombre, en su dolor y confusión, solo logra pensar en lo cómodo que estaba hace unos instantes, cuando todavía no amaba a ninguna mujer. Se maldijo en susurro, arregló su cinturón desabrochado, empapó su rostro con agua helada y volvió al trabajo, a la canción, a su falta de aspiración, al resoplido infame en saxo barítono, suave, eterno.

15.6.12

La muerte de la gran ciudad




Mi asiento privilegiado ante la muerte de la gran ciudad. Terciopelo.  Las luces drogan el ciego más allá, en noche, la inexistente soledad del oscuro. El reflejo en la ventana, se quiebra y rasga, muriendo en cada respiro. Y las sombras. Contaminándome de luces, magullando mi plácida paz. Deseo soledad, soledad que te extraño tanto. Quiero tiempo para pensar en tu nombre, el de las calles que muerden las suelas y te oyen cantar. Gritar. Se deshace el hormigón. Las luces no se apagan. El viento deja de soplar y el retiro es cada vez mas lejano, me abandona, pues no tengo el valor de despedir la luz siquiera una vez más. Con o sin tí, el respiro de arte me deja sin aire. Desola, rompe, arde. El nudo en mi garganta sube y me gasto sin tiempo, sin abrir la boca por las lágrimas que me ahogan.  Te mantienes lejos de mí, y duele por ti, soledad. Próxima, bebiendo la inquietud y a mi  en dudas, matándome de a poco. Con y sin ti, atada, el deseo de no sentir. Desgarro en color, en esa sensación tan tristemente embriagadora perforando mis pulmones, y los vuelve polvo, estrellas. Contengo la respiración, pues no quiero que las estrellas se vayan de mi pecho. Iluminan mis entrañas y las retuercen en felicidad tóxica y dependiente, lejano a la muerte, sensatez. Tú, marioneta de huesos rotos, adiós, eres mi propiedad. Se te derrama el rostro, veremos si las estrellas putrefactas logran doblegar tu esencia, hacerte caer de rodillas, en llanto por luz y óxido. Admirando conmigo la muerte de la gran ciudad en terciopelo. Es un pacto, siempre ocultos de luz, juntos. Adiós a las calles de la ciudad, rasgando por siempre nuestro inquebrantable aliento de asfalto.

Fantasma.


Omnipresente correteaba por las sombras bajo mi cama. Se detenía a respirar el calor que quedaba tras la dormida almohada, y se esconde (todavía) entre las cortinas, al menos las pocas horas que llega el sol. Nunca le he visto a los ojos, dulces y muertos como me dice, son. Sin embargo, en ocasiones tengo la suerte de rozarle con el dedo el vestido gris con sabor a polvo que siempre, siempre lleva puesto. Se caen mal con Gerónimo el gato, porque a él no le gusta el polvo y el fantasma con su viene y va  llena de polvo mi casa. A veces le da por conversar, y otras guarda silencio hasta que los labios se le empiezan a pegar. Seguro le agrado más que Gerónimo, pues a mí no me importa el polvo y me gusta mucho el café (sí, todavía recuerdo las noches en las que él venía a robarme un sorbo y me lo dejaba frío). Fantasma sabe que ahora siempre le espero con un café en mi mesita, y que bebo (esperándole)  mientras el gato me ronronea un cuento. 

13.6.12



Que loco es tener algo por lo que escribir. Facilita tanto la tarea, es tan más natural hacerlo. No digo que el resultado sea calidad, por el contrario, la redacción es posiblemente insultante a la literatura. Y suena Trains, “I’m in love, It’s okay”. Ésa es la premisa, no hay nada de malo en no estar reseco. Es verdad, nos vuelve apasionados y volátiles, frágiles, sensibles, pero no es que no valga la pena. Lo miserable sería ser inmune, una inamovible escultura sin movimiento ni sutileza, sin motivación, sin amor. Poca importancia tiene la forma de este nuevo ímpetu: las personas se enamoran, todos los días, de la carne, de la belleza, de los tonos de voz, del contacto, de las miradas, de la pasión, de las palabras. Si bien no me excluyo de ninguna de ellas, mi caso es, potencialmente, este último. No habría otra forma, si no. Pues nos hemos visto tan poco, y conversado tanto. Es poco creíble nuestra situación real: que, hace dos años, hablamos, uno, dos, tres días, y luego nos juramos amistad eterna, así, de la nada. ¿Es eso normal? De todas formas, no es un acontecer sustentable unidireccionalmente, es decir, requiere a más de un interesado. Ambos sabemos que nos apreciamos más de lo que deberíamos. Pero él es hombre, busca algo más que un alma gemela, busca también siluetas, chispas de placer. Placer, en el sentido de vivir, de ser. Eso, algo chispeante, llamativo, bello. Y no creo que la yo, púber de hace dos años atrás, calce con esa imagen, que despierte algo de eso en él. Pero he cambiado. Hemos cambiado. Es lo que hacen los años con la gente: los moldea, los hace brillar o los opaca, los hace sabios o ineptos, vuelve a las parejas extraños y a los amigos, más que amigos. Entonces, aunque es un problema, esta incongruencia entre el amor hecho de palabras y el placer de ser real y humano, sigue siendo algo menor. El problema sigo siendo yo, todo parte desde mí. Le guste o no le guste, de todas formas, con un mero cambio de actitud podría encaminarlo todo. Y volver a la ruta.
Pero se me dan demasiado bien las esperanzas, y no quiero, definitivamente no, componer ilusiones, sólidas, resquebrajables. 

Vamos a buscar algo de desinspiración. Si puede escribir en total oscuridad, sin saber siquiera dónde hallar su puño, no suena difícil escribir con los raudales de luz, propios de la mañana. Pero lo es. La luz la encandila, la hace fruncir el seño. Escucha a los hombres trabajando en el patio, balcón. Desde el balcón oye todo esto. Sigue escribiendo en tercera persona, para desligarse un poco de sí misma. Verlo escrito la hace sonreír, ver escrito que sonríe la hace sonreír (aún) más.. No es una, son dos personas, ambas viviendo lo mismo, sólo que una hace de observador, de escriba. Bajo esta concepción, no resultaría tan loco pensarse, saberse como alguien siempre observado. Perdió la idea, una chinita se posa sobre la bicicleta del pequeño Seba. Cree que intenta decir algo, creo, que intenta decir algo: yo, que no pienso, que no recuerdo, que justamente sobrevivo, una chinita, te estoy observando. En fin. Las palomas vuelan describiendo círculos; los hombrecitos, siguen levantando carretas, las bolsas de césped-alfombra. Es una pena, esperaba poder verlo crecer, pero bueno, todos saben que las alfombras no crecen. La tierra mojada, el verde brillante de un brote cualquiera, luego la abundancia, césped para todos. Pero así funcionan las cosas en la ciudad: el sol de invierno quema y el césped no crece: se alfombra.


Hoy jugaba con el caleidoscopio porque no le funcionó jugar con la guitarra. Luego se aburrió de sostener los colores, y se retiró al computador. El lugar en el que estaba el computador era oscuro y frío: pese a que había encontrado que la magia de los cuentos estaba en hablar en tercera persona, el momento de ilusorio ocio terminó, y con ello, la posibilidad de la no-inspiración de la mañana, del sedentarismo acompañado de mañas y cafés, del incesante parpadeo, de la inexistente habilidad para tocar guitarra.


Intento no romper el encanto de la oscuridad. Hace horas que intento dormir, pero al observar la ciudad nocturna y sus luces titilantes deslumbrando tras la ventana, me dí cuenta de que tenía demasiadas voces, demasiados pensamientos en mi cabeza. Quería susurrar, hablarlo, comprenderlo. Pero no cedió y las voces gritan en mi conciencia. Escribo para dejarles correr. A ciegas. No veo nada, no hay luces encendidas, no hay visión de un pasado en letra para retractarme de lo que escriba. Estoy tan enferma. Y pienso tanto en él. Me encantaría creer fehacientemente que no es recíproco. Pero no, no tengo certeza alguna sobre esa verdad. Quisiera quedarme viendo por la venta el resto de la noche, después de todo, estoy enloqueciendo de una forma exquisita y feliz. Estoy tan enferma. Mis huesos lo advierten.